miércoles, 25 de julio de 2012

Las voces de José


 

Su única carta enviada a España fue tan breve como un telegrama y lo que anunciaba no era motivo de alegría. Vicenta Brisa, nacida hace cincuenta años en Benaguacil, Valencia, ha leído las palabras miles de veces: “Ésta es la primera y última carta que enviaré. Me va bien. Te odio mucho”.

El viaje es fatigador. Nunca ha salido tan lejos y menos de su tierra. Está cansada de ir sentada y con frío dentro del avión, pero quiere salir de esta agonía de desconocer dónde está su hijo, José Víctor Durán, nacido el treinta y uno de diciembre de mil novecientos ochenta y que desapareció de su familia, de su novia Pepa y de sus amigos, Pedro, Rafael y Antonio. La carta tiene la siguiente dirección: barrio San José Oriental, de la I.T.R., una cuadra al sur, Ciudad Jardín, Managua, Nicaragua.

A Vicenta le han dicho que este país ha sido atormentado por dictaduras, terremotos, huracanes, violencia, corrupción y que tiene un inmenso lago pero no imagina que está repleto de mierda. La estampilla en la carta muestra la fotografía de un puente. Con una lupa ha leído que dice: Bienvenidos a Ocotal.

Carga dos fotos de José. En una, está ella tomándole el brazo. José aparece de esmoquin negro, corbata de pajarita, un rosario en el pecho, una pulsera en su muñeca derecha, los ojos casi cerrados y sin sonrisa. Vicenta ríe orgullosa porque fue el día de la graduación de José. Ella está con un vestido rosado, un par de pendientes de perlas falsas y sin el anillo de casada que hace años tiró por el inodoro.

En la otra fotografía están Pepa y José. Pepa sonríe enamorada. Tiene brazos blancos como si nunca se hubiera bronceado y las manos entrelazadas a la altura del vientre. Viste pantalón amarillo y camisa café sin mangas. José aparece de pantalón gris, con chaleco más una camisa manga larga café y corbata dorada. Se ve pálido. Tiene los ojos abiertos, boca empurrada y expresión triste.

Vicenta carga copias del pasaporte de José, las actas de comparecencia a la Guardia Civil de Benaguacil, las reiteradas súplicas enviadas al embajador español en Nicaragua pidiéndole diligencia para ayudarla a localizar a su hijo y la última de hace tres meses quejándose porque no atienden su caso que comenzó con los extraños malestares de José. Su hijo tenía náusea, vértigo, golpes en el pecho, dolor de cabeza, espasmos en la panza, hormigueo en el cuerpo y sudoración. Cada día era algo diferente y en emergencias no sabían qué hacer. Los exámenes no revelaron ninguna enfermedad física. Le recetaron calmantes y descanso, pero José sentía que algo dentro de él lo mataba.

Era un cáncer invisible para los médicos, pero que a diario avanzaba dentro de su cabeza carcomiéndole los pensamientos, borrándole los recuerdos, provocándole tristeza y rabia y acorralándolo a la oscuridad. Dejó dos trabajos. Se tornó irrespetuoso con Pepa a quien hasta le gritó. Obligó a su mamá a dejarlo solo viendo la televisión y a la hora de desayunar, almorzar o cenar, cogía su plato y se encerraba en su cuarto. Ordenó que su comida y el pan no tuvieran sal, y bebía agua embotellada. Tuvo altercados más frecuentes con Pepa. No quiso hablar con sus mejores amigos de la infancia, Pedro, Rafael y Antonio, y cuando su madre lo hostigó para que le dijera lo que le molestaba, la abofeteó y escapó de casa. Fue el último día que se vieron.

A los seis meses de su desaparición, Vicenta, desesperada, mostró la carta a un grafólogo, quien concluyó que José padecía depresión. José no lo sabe. Se siente aturdido, como si dentro de su mente no saliera el sol y ráfagas de viento le desordenan sus pensamientos, pero lo peor son las voces que le hablan, lo acosan, lo molestan y no lo dejan dormir. Por una de ellas descubrió que Pepa, su novia de hace dos años, lo traiciona con Antonio. Rafael y Pedro sabían los desgraciados y no dijeron nada. Otra le advirtió que Vicenta, su propia madre, lo quería matar con sobredosis de sal y cloro, y la tercera voz, lo invitaba a embriagarse. Debía huir donde no lo pudieran herir. Entró a una librería, al azar consultó guías turísticas y dio con Nicaragua. Dos de las voces le aseguraron que ahí estaría a salvo. La tercera, discutió y rechazó.

Retiró sus ahorros del banco y a los tres días salió de Valencia a Madrid con escala en Miami y de ahí a Managua. En la capital alquiló un cuarto de hotel. Los primeros días fueron estupendos, pero al mes, le robaron la pulsera que le regaló Pepa. Quedó tan nervioso que no salió de su cuarto en dos días. “Vámonos”, le ordenaron las voces, pero primero había que escribir a su madre. Al pegar la estampilla vio la imagen del puente de Ocotal. Dos voces le ordenaron que fuera a esa ciudad. La otra, estaba dormida.

En Ocotal padeció mareos, el pulso se le aceleró y un día caminando por una de las calles, se desmayó. Lo hospitalizaron. El médico preguntó, pero José habló poco. Insistió en que estaba bien. El doctor le explicó que podía ser presión alta. José le dijo que era de España. Sin embargo, una de las voces mintió al afirmar que se llamaba Víctor Iglesias, como Enrique Iglesias. Le contó que tenía veintiún años, que andaba de paseo y que por favor, no avisaran a nadie. Tras el incidente, descansó en el peor hospedaje a merced de los mosquitos. Comió en distintos lugares. Los jueves y viernes se emborrachó. Conoció a otros españoles que lo llamaron Víctor, pero las voces se inquietaron y le aconsejaron que para no correr riesgos se fuera a las montañas.

A petición del coro compró una cuerda, zapatos de escalador, frazada, comida enlatada y en pocos días se le esfumó el dinero restante. Estaba flaco, barbudo, tenía la mirada más triste del mundo y muchas ganas de llorar. Las voces revoloteaban, le ordenaban lo que no debía hacer y lo guiaban adonde no debía ir, a la cima de la montaña donde escaló el árbol más grande, sujetó la soga a la rama y decidió acabar con las voces y el cáncer. No podrían matarlo. Él las mataría primero. No contaban con esta jugada. Sintió la brisa fría. Admiró el paisaje y recordó a Pepa.

Vicenta, en Managua, descubrió que la dirección era falsa. Resolvió ir a Ocotal. Paró un taxi y rezando por encontrarlo con vida, pidió que la trasladara a la Terminal de autobuses que iban a esa ciudad.

El reloj


Cuento inédito de Claribel Alegría

¿Qué le pasará a Francisco?, se preguntaba Laura nerviosa mientras daba vueltas por el corredor.  Mi cita es a las tres y  son ya pasaditas.
–Bue-nas, bue-nas- cantó alguien desde la puerta.
Laura se asomó.
–¿No me compra un reloj?- preguntó un señor ya entrado en años.
–No, por favor es lo que menos necesito- dijo Laura malhumorada.
–Se lo doy bien barato- dijo el señor, alargándole un reloj pulsera.
Laura  lo examinó.  Era bonito, de marca japonesa, bien podría servirle a una de sus nietas.
–¿Cuánto?- preguntó.
–Veinte córdobas.
–Pero, ¿por qué tan barato?- dijo Laura.– No es justo.
–Está parado y a mí ya no me interesa el tiempo.

Cómo perdió la voz el danto


Recopilación  Deborah Webster
Cuento Mískito

Un día, un danto caminaba por la orilla de un río y un mono congo lo observaba desde la rama de un árbol.

En esos tiempos, el danto y el mono congo no tenían la voz que tienen en la actualidad. El mono congo sólo sabía silbar, mientras que el danto tenía una voz fuerte.

Actualmente, los que conocen la montaña saben que el danto sólo sabe silbar y que tiene una voz débil; pero en aquellos tiempos, el danto, con su vocerrón, le preguntó al mono congo:

-¿Cómo estás? ¿En qué estás pensando, sentado en esa rama?

-Hasta ahora logro escuchar tu hermosa voz -dijo el mono congo silbando.

-Si mi voz te parece hermosa, entonces te daré un poco de ella si tú me das una parte de la tuya -le contestó el danto.

-Me parece bien, cambiemos de voz le dijo el mono congo. Los dos intercambiaron entonces la voz. Y el mono congo, ya con la voz del danto, le dijo:

-Tu voz me parece muy linda.

Después de decir esto subió al árbol, mientras el danto, enojado, dijo desde el suelo:

-¡Bájate y devuélveme mi voz!

Pero lo dijo silbando. Entonces, el mono congo, riéndose, respondió:

-No entiendo lo que dices, solamente te escucho un silbido.

Desde entonces, el mono congo no baja de los árboles, por temor al danto. Cuando tiene sed, sólo grita desde arriba. Además, deja caer su mierda a la orilla de las quebradas para provocar la cólera del danto.